Isla

Mucha gente dice que en una isla te sientes más libre. Supongo que para el que viene de fuera es así. Las vistas continuas del mar, el ritmo pausado de la vida y otros factores pueden darte sensación de libertad. Sin embargo, para otras personas, como yo, que son de una isla y viven en una, puede no ser así.

Recuerdo la primera vez que escuché eso de que vivir en una isla es especial y que los isleños también lo son, porque viven alejados del continente, aislados. Fue en Francia, en 1998, donde había ido para trabajar como chica "au pair" durante 9 meses a una ciudad del centro del país.

No era la primera vez que salía de la isla, pero sí la primera que iba a vivir fuera de ella. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que había un  mundo enorme más allá de mi tierra y que, efectivamente, yo residía en una isla, con sus límites marcados por el mar. Hasta entonces, no había sido consciente de que mi mundo, el único que yo conocía, era limitado.

Recuerdo que, tras cada montaña, cada colina, esperaba ver el mar. Lo echaba enormemente de menos. Tanto, que "mi familia francesa", la familia que me acogía, ante mi insistencia de querer verlo, me llevó a una ciudad costera del oeste. Cuál fue mi decepción cuando lo que me encontré allí no era el mar que yo recordaba, sino una masa de agua grisácea e inodora que se movía con dificultad, creando unas pequeña ondas cuya espuma apenas se distinguía.

Años después, cuando me mudé a Madrid, poco a poco empecé a no buscar en cada esquina el mar y me acostumbré a que, tras una colina, en vez de este, se encontraba una extensión de tierra árida y hostil. Poco a poco, eso empezó a ser lo normal, la visión de la tierra, mientras que el encuentro con el mar, cuando regresaba a la isla, empezó a tornarse incómodo.

Lo que antes había sido mi identidad se había convertido en mi cárcel, separándome del mundo donde tanto ansiaba estar, conocer, experimentar. Había pasado de ser una chica isleña que ni siquiera tenía conciencia de serlo a una habitante del continente que ya no buscaba detrás de cada colina ver el mar.

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