La edad del cielo




Los cielos, oscuros o luminosos, observados desde arriba o abajo, tienen la habilidad de hacerme sentir pequeña e insignificante, o bien lejos y segura.

Cuando viajo en avión, la perspectiva de la altura me recuerda que las cosas de la tierra, las que están bajo las nubes, no son importantes y casi instantáneamente mis inseguridades y miedos se diluyen con la inmensidad de ese cielo que observo.

Sin embargo, cuando me encuentro bajo un cielo inundado de estrellas que me miran desde lo alto, como si fueran ellas las que viajan en avión, soy yo la que cede y se achica ante la inmensidad del cielo, sintiendo, eso sí, que mis problemas son tan minúsculos como mi ser y que mi nimia existencia es observada desde arriba casi con sorna.

¿Quién soy yo para pensar tanto en mí y en mis ridículos problemas?,  me pregunto.

Ayer, me tocó estar bajo un cielo repleto de estrellas que parecía caérseme encima.

Hoy, estar arriba, montada en un avión contemplando el increíble y esponjoso mar de nubes.

Y lo que me venía a la cabeza en ambas situaciones era esa canción de Drexler que tanto recuerdo últimamente: Deja que el beso dure, deja que el tiempo cure, deja que el alma tenga la misma edad que la edad del cielo...

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