Saber escuchar
Cuando era más joven, a menudo me decían que mi mayor virtud era que "sabía escuchar" y yo la asumía como tal.
Mi mejor amiga cuando tenía 14/15 años, siempre lo decía de mí, "lo mejor de Yolanda es que sabe escuchar". Y yo me sentía orgullosa de tener una cualidad tan valorable.
"Qué mejor cualidad que esa", me decía a mí misma, intentando cumplir con esa supuesta misión que me había sido encomendada, escuchar a los demás, estar ahí cuando se sentían mal, intentar entenderlos, decir la palabra justa en el momento justo. La gente parecía sentirse reconfortada por mi esfuerzo en escucharlos y entenderlos y me buscaban, me llamaban, insistían en verme para encontrar de nuevo ese confort en mi escucha, mi disposición, mis ganas de ayudarlos.
Esa virtud me hacía sentir útil, valiosa y, por tanto, fuerte. Tenía algo que ofrecer al mundo que servía para algo.
Efectivamente, era (soy) buena escuchando, pero ¿esa cualidad no era (es), en parte, una manera de hacerme sentir más "válida" y ganar, así, más confianza en mí misma? ¿No constituía, además, una forma de esconderme detrás de las historias y vidas de los demás?
Con esto no quiero decir que no hubiera también un interés genuino en la vidas de los demás, pero ¿acaso no nos nutrimos de las historias vitales porque no sentimos, muchas veces, que nuestras propias historias carecen de interés?
Con el tiempo, he descubierto que, desde luego, "saber escuchar" no era mi mayor virtud, aunque a menudo siga asumiendo ese rol que me creí durante tantos año; y que "saber escuchar" es una virtud, sí, pero también puede ser una trampa.

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